España debe demostrar que está a la altura del desafío y capacitada para hacer las reformas que justifican la solidaridad comunitaria.

España debe demostrar que está a la altura del desafío y capacitada para hacer las reformas que justifican la solidaridad comunitaria.

Es vergonzoso tener que recordar que los acuerdos europeos no son trofeos futbolísticos ni victorias militares.No arrojan vencedores y ganadores, como parece pretender la idea tan infantil de  propaganda de Moncloa, capaz de diseñar un recibimiento a Sánchez como si viniese de una guerra.

Puede que aquí estemos tristemente acostumbrados a la política de Sánchez, pero esas imágenes no sentarán muy bien en Europa, cuyo esfuerzo ciertamente histórico para rescatar de las crisis pandémica a los dos países más afectados por ella Italia y España, que no supo aprender de Italia- merece una respuesta humilde de gratitud y compromiso antes que una exhibición de triunfalismo prematuro, aprender de la gestión de nuestro pais vecino como Portugal, que en todo momento sabía lo que tenía que hacer.

La oportunidad es buena si sabemos aprovecharla:Fondos cuantiosos condicionados a un cambio de modelo productivo hacia patrones más competitivos y sostenibles.

Cuanto antes asuma Sánchez que su programa electoral, pactado con Iglesias sobre bases demagógicas y sectarias, se volatilizó con la pandemia y ha terminado de esfumarse con la implantación de la condicionalidad europea, mucho mejor.

Su plan, estructura de Gobierno, alianzas y peso real en Europa -donde se limitó a coger el silencioso rebufo de Merkel y Macron han fracasado.

Lo inteligente y lo útil es ponerse a trabajar cuanto antes en unas cuentas públicas creíbles y un plan nacional de inversiones.

Sería imperdonable que el dinero de la reconstrucción por el coronavirus terminara dilapidado en redes clientelares y gastos superfluos como aquel plan de Zapatero que ahogo el pozo de la última crisis.

Europa se ha ayudado a sí misma ayudando a España: ahora España debe demostrar que está a la altura del desafío y capacitada para hacer las reformas que justifican la solidaridad comunitaria.

La obsesión por la propaganda debería ceder ya mismo a la gestión. Sánchez tiene la oportunidad de convertirse en un político conocido por aptitudes diferentes de las orgánicas o electoralistas, por su destreza para dividir o para lanzar globos sonda. Los españoles angustiados por los rebrotes y el paro no entienden que se aplauda al comienzo de una recesión salvaje, agravada por la negligencia gubernamental: si acaso se aplaudirá cuando se salga de ella. Si se sale decentemente.

En ese sentido, el precedente que sienta el cierre de la comisión parlamentaria de reconstrucción -mal planteada desde el principio por hipertrofia ideológica- no puede ser más sombrío.

El afán sectario por satanizar la enseñanza concertada hizo naufragar el llamado pacto social, mientras que otras medidas como las sanitarias son de mínimos. Pero la responsabilidad es de quien gobierna.

Ni ciudadanos debería prestar su apoyo a Sánchez mientras trate de mantener viva su agenda con el separatismo ni el Partido Popular puede respaldar una política económica absolutamente desconectada del espíritu del pacto alcanzado en Bruselas.

Europa nos ha echado una mano y esa mano ha sido un flotador para el Gobierno. Pedro Sánchez sigue acumulando poder en España, aunque tenga que rendir cuentas ante los vetos y frenos de emergencia.

Se le abre un camino despejado para aprobar los Presupuestos y está menos atado a Podemos. Esta nueva circunstancia fue señalada por Pablo Casado en la sesión de control, que se burló del pasillo de aplausos y dirigiéndose al presidente del Gobierno dijo: «Tendrá que elegir entre cumplir con Europa o cumplir con sus socios, tendrá que elegir entre la reforma electoral o los viernes electoralistas». Sánchez acusó a Casado de mimetizarse con la ultraderecha y añadió que su aportación a la cumbre ha sido inexistente.

A pesar de los reveses, los de la cuadrilla de Podemos, incluido Pablo Iglesias, aplaudieron a su posible matador. Saben que Pedro Sánchez sigue necesitando sus diputados, pero no sus ideas que chocan con la Europa que ha aprobado el plan.

Pablo Iglesias sigue convencido de que la política de austeridad al estilo 2008 ha fracasado y que de esta cumbre ha salido una Europa más comprometida con los derechos sociales.

También la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ve el plan de Bruselas como una salida de la crisis «desvinculada» de la reforma laboral y de los recortes; cree que ya no hay hombres ni mujeres de la Troika ni los va a haber.

Parecen soñadores que hacen como si creyeran en sus sueños o que atacados por el subjetivismo creen que Europa no va a vetar una ruptura constitucional en España con independencia de Cataluña y la república.

Ahora es Pedro Sánchez, después del espaldarazo europeo, el que tendrá que cambiar de socios o seguir con los mismos. Qué quiere ser, ¿o presidente de la república o jefe de Gobierno?

Para lo primero le sobran como aliados los que en el Parlamento de Cataluña han pedido la abdicación del rey Felipe VI, y que los Borbones sean tratados como una organización criminal. Aún no sabemos si Pedro va a romper el hilo constitucional como desean sus socios antisistema o prefiere ir de segundo en los himnos de la Monarquía parlamentaria.

Pero, en fin, no deja de estar Sánchez en la razón profunda de las cosas. Europa lidia con España como con un hijo tonto, sabiendo que en realidad cualquier ayuda, por más que la condicione y tase, será siempre a fondo perdido.

 

Samuel Gutiérrez Manzanares

Fuentes: https://www.elmundo.es/

https://www.elconfidencial.com/

 

 

 

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