Elecciones en Estados Unidos: ¿Que Mundo nos espera?

El mundo mira el duelo electoral de América

De un tiempo a esta parte, mucho de lo que ocurre en el ámbito político, e institucional, de los Estados Unidos, influye y condiciona, de diversas maneras y en grado variable, al resto del escenario internacional.

Esto es especialmente cierto, si hacemos referencia al nivel federal de gobierno el cual, tal como su nombre lo indica, designa a las instituciones que se encuentran, en términos jerárquicos, por encima de aquellas meramente regionales o locales: la Casa Blanca, sede central del Poder Ejecutivo; el Congreso, que constituye la cúspide del Poder Legislativo y, finalmente, la Corte Suprema de Justicia, representante de primer orden del Poder Judicial.

En relación con lo anterior, resulta importante mencionar que las elecciones presidenciales en el país del norte son, en buena medida, no solo un aspecto saliente de la agenda política interna, sino que, además, suelen ser un factor clave a la hora de comprender como, así también, abordar diversos fenómenos más allá de las fronteras del mismo.

Esto se debe, principalmente, a la supremacía norteamericana – acentuada desde 1991 en adelante –  en la arena internacional. Asimismo, el relativamente elevado margen de acción de la Casa Blanca es, también, una variable clave en el análisis de la fuerte vinculación entre la política norteamericana con numerosos aspectos del panorama internacional.

En relación a las próximas elecciones del 3 de noviembre, existen dos candidatos con posibilidades de adjudicarse la victoria en las mismas: por un lado, tenemos al actual presidente electo Donald Trump, representando al Partido Republicano y, por el otro, está el ex vicepresidente por dos períodos, Joe Biden, siendo el mismo el candidato elegido por el Partido Demócrata.

Ambos poseen diferencias sustanciales que – lejos de agotarse en temas económicos o de administración pública – configuran su visión del Mundo y de la sociedad. Esto es especialmente relevante si tenemos en cuenta que quien resulte vencedor en los comicios deberá, inevitablemente, hacer frente a contingencias y situaciones problemáticas; típicas de un escenario cambiante e inestable: la sociedad internacional del siglo XXI. Echemos, pues, un vistazo a cada uno de los presidenciables, en conjunto con sus ideas y programas políticos.

En primer lugar, nos encontramos con el otrora magnate inmobiliario, y presentador de televisión, Donald Trump. Licenciado en Economía por la Universidad de Pensilvania; se lanzó – sin experiencia política previa – a la carrera por la presidencia en 2016 objetivo que, finalmente, lograría al derrotar a su, en ese momento, adversaria política: Hillary Clinton.

Algunos de sus principales ejes de campaña para tales elecciones fueron la protección de las fronteras, la reactivación del empleo y la recuperación de la economía, la reivindicación de los valores judeo-cristianos y, en términos de política exterior, la salida del Tratado Transpacífico, el cese del Acuerdo Nuclear con Irán y la implementación de medidas con el fin de contrarrestar la creciente influencia china en el Mundo. Todo ello, sintetizado en su lema de campaña “MAGA” – Make America Great Again – que hace referencia a la recuperación del papel preponderante de Estados Unidos en el escenario mundial.

A su vez, cabe destacar que, durante su mandato, sus políticas beneficiaron, en gran medida, a sectores muy castigados por la globalización y la apertura comercial norteamericana. Además, las mismas denotaron, en el plano externo, un creciente aislacionismo y unilateralismo que, desde hace décadas, no se veía en Estados Unidos. Prueba de ello es la reticencia de Trump a involucrarse en conflictos externos como, así también, la tendencia a privilegiar la acción directa, rápida y unilateral por sobre la deliberación y coordinación típicas del multilateralismo de las organizaciones internacionales.

Por otro lado, tenemos a Joe Biden, licenciado en Ciencia Política e Historia por la Universidad de Delaware, y abogado. El candidato por el lado demócrata posee una dilatada carrera política en la que su hito más importante es la vicepresidencia por dos períodos, secundando a Barack Obama.

Además, el mismo sería – de lograr la victoria en noviembre – el presidente más longevo de la Historia de su país con 77 años. En cuanto a sus promesas de campaña, cabe destacar el ambicioso, aunque criticado, plan energético que tiene por meta la completa sustitución de energías contaminantes, y basadas en combustibles fósiles, por energías renovables y no contaminantes, para el año 2050, en los Estados Unidos.

Asimismo, la creación de una nueva ley de atención médica – en caso de que la Corte Suprema diera de baja la Affordable Care Act u “ObamaCare” – llamada “BidenCare” es otro de los puntos salientes de su campaña electoral. Además, el candidato demócrata ha hecho énfasis en el “racismo institucional” que, según él, existe en Estados Unidos; el cual planea combatir mediante la reivindicación de las diversas minorías que habitan en el país y, más concretamente, mediante una serie de medidas como la transmisión de fondos a escuelas de bajos recursos y la reforma inmigratoria, entre otras.

En lo que a política exterior se refiere, Biden es, desde hace tiempo, un defensor nato del papel intervencionista de la nación americana, en el resto del Mundo. Lo anterior cobra especial relevancia si tenemos en cuenta que, durante la administración Obama, el involucramiento del personal militar estadounidense en todo tipo de conflictos alrededor del globo llegó a niveles, hasta ese entonces, inéditos. Es así que, en una posible victoria del tándem Biden-Harris podría esperarse un retorno de la faceta policial, y globalista, de Estados Unidos fronteras afuera.

Si hablamos del impacto de las mencionadas elecciones en el Mundo Hispano, está claro que la influencia de las mismas es fundamental para la adecuación, y diseño, de estrategias políticas, económicas y diplomáticas de este último, con respecto tanto a su vinculación con la superpotencia como, así también, a su desarrollo e inserción internacional. En ese sentido, está claro que ambas opciones presentan, a priori, oportunidades y desafíos muy distintos para los países hispanohablantes.

En primer lugar, si Trump resulta reelecto el escenario para Hispanoamérica y España no se modificaría en forma sustancial salvo, posiblemente, en los aspectos relativos a la seguridad y la diplomacia: temas como la crisis en Venezuela, la inmigración ilegal hacia Estados Unidos y la fuerte presencia china en la región constituyen, evidentemente, una gran preocupación para el presidente en ejercicio.

Por lo tanto, es de esperar que el mismo ejecute – en caso de ser reelecto – un plan aún más agresivo respecto a tales cuestiones. Con respecto a la faz comercial, la misma podría variar dependiendo del país y la subregión con países como México, Chile y Colombia en una posición de ventaja respecto al resto de las naciones, en el establecimiento, y el fortalecimiento, de lazos económicos bilaterales y con Estados como Cuba, Nicaragua e, incluso, Venezuela con serias desventajas a tal respecto. Por otro lado, cabe destacar la habilidad negociadora, combinada con un importante grado de imprevisibilidad, que caracterizan al presidente Trump. Lo anterior representa, indudablemente, una dificultad extra para la política exterior de las diferentes naciones en cuestión.

Si, por el contrario, Biden fuera electo; el escenario presentaría una serie de cambios que, a mi juicio, vale la pena resaltar. En materia de política exterior, el retorno al multilateralismo, y al globalismo, significarían una mayor posibilidad, para los países de la región, de influir en la agenda política de Washington. Esto ocurriría, principalmente, debido a la esperable mayor apertura política, y comercial, fronteras afuera.

Como sea, lo anterior podría verse en cuestión debido a la creciente influencia que los sectores de izquierda dura, del Partido Demócrata, poseen en el mismo. Además, no hay que olvidar que los anteriores decidieron apoyar – a diferencia de las elecciones pasadas – la candidatura oficial del partido que, esta vez, correspondió a Biden. Por otra parte, una mayor tendencia al consenso y al diálogo para con la región tendrían, como contracara, la disminución de la presión – ejercida de manera sistemática por el gobierno de Trump – sobre los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua como, así también, el aumento de la presencia de China, Rusia e Irán en estas tierras.

Como puede verse, las próximas elecciones en Estados Unidos van mucho más allá de una contienda política interna: las mismas definirán, en cierta medida, el destino del Mundo en las próximas décadas. Y si bien las mismas se han caracterizado por ser de las más controversiales e impredecibles, de los últimos tiempos; existen una serie de variables que, en caso de ensayar un posible resultado, debemos tener en cuenta. A continuación, me enfocaré en las dos que, a mi juicio, son las que definirán la elección.

En primer lugar, tenemos a los “swing states” o Estados pendulares de los que tanto se ha hablado en el último tiempo. Estos Estados se caracterizan, entre otras cosas, por no poseer una tendencia política clara: a diferencia de Estados como California – eminentemente demócrata – o Texas – profundamente republicano – estas unidades subnacionales suelen ser, en materia política, cambiantes: las preferencias electorales, con frecuencia, varían de elección en elección.

De ahí su denominación de “pendulares”. A este respecto, no debería extrañarnos que ambos candidatos hayan centrado, en las últimas semanas, su campaña en la costa este del país: todos los Estados pendulares, con excepción de Arizona, se encuentran en la misma.

La variable restante tiene que ver con la crisis del coronavirus, y sus efectos. Aquí la clave pasa, por el lado de Trump, en la capacidad del mismo para convencer a los votantes indecisos sobre el éxito de su gestión frente a la misma. En cuanto al lado demócrata, es sabido que sus posibilidades dependen, en gran medida, del aprovechamiento, y la capitalización, de los efectos negativos generados por el virus.

Concluyendo, tenemos por delante una elección muy reñida en la que, indudablemente, cada voto cuenta y en la cual, a priori, resulta difícil establecer algún pronóstico certero sobre la misma. A pesar de lo anterior, el sistema electoral estadounidense – indirecto y colegiado – en conjunto con la moderada reactivación económica acompañada de, a mi juicio, un correcto manejo de los efectos del coronavirus en suelo norteamericano; inclinan la balanza, levemente, a favor de un segundo mandato por parte del republicano Donald John Trump.

Referencias

 Damián Martínez @damian.mz

 

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