LAS VECES QUE LA TAUROMAQUIA FUE PROHIBIDA EN ESPAÑA

LAS VECES QUE LA TAUROMAQUIA FUE PROHIBIDA EN ESPAÑA

En la actualidad, las corridas de toros y festividades taurinas en España son “La Fiesta Nacional” y España es identificada todavía hoy por los toros. En Cataluña se cumplen 11 años ya de la prohibición de las corridas de toros en la comunidad autónoma. Lo que les sorprendería a muchos es el hecho que, a lo largo de la historia de España, la fiesta del toro ya ha sido prohibida en algunas ocasiones y, además, a muchos catalanes les sorprendería saber que esta prohibición que está en vigor desde 2010 es una iniciativa que los primeros que la quisieron llevar a cabo fueron los Borbones. Hoy, haremos un repaso a las veces en que “La Fiesta Nacional” no lo fue tanto.

Dios y el Rey son antitaurino

La primera institución que ya criticaba la fiesta del toreo fue la Iglesia católica. En archiconocido el Concilio de Trento del siglo XVI, aparte del trabajo que se hizo para hacer frente al protestantismo, diversos obispos españoles expresaron su deseo de prohibir el festejo. A raíz de esto, tras el concilio ecuménico, en la península se celebraron tres concilios entre 1565 y 1566. En estos concilios, celebrados en Toledo, Granado y Zaragoza; se aconsejaba al clero que no asistieran a espectáculos taurinos que, equiparándolos con actividades como los juegos de azar, los calificaban como actos y actividades inmorales. En el caso del toreo, a los toreros se les consideraba personas sin honor incluso. Hay que decir que esta declaración venía a confirmar una corriente de opinión dentro de la Iglesia hispánica que tenía sus orígenes en el reinado de Alfonso X el Sabio. Un año después de estos concilios, el papa Pío V promulgó la bula De Salute Gregis que excomulgaba a todos los monarcas de la cristiandad que celebrasen corridas de toros en sus territorios. Sin embargo, esta bula quedaba matizada de alguna manera ocho años después cuando, el sucesor de Pío V, el papa Gregorio XIII, promulgaba la bula papal Exponsis nobis. Esta bula de 1575 levantaba la excomunión a los reyes cristianos, pero mantenía la excomunión al clero que participase en dichas celebraciones.

A nivel político, en las Cortes de Madrid de 1567 se puso sobre la mesa la idea de prohibir las corridas de toros. Esta idea ya venía desde las Cortes de Valladolid de 1555. A pesar de la bula papal de Pío V y la proposición en las Cortes, el rey Felipe II siguió autorizando la celebración de los festejos, ya que eran, según dijo el propio rey, una costumbre del reino. Esta actitud de Felipe II muestra la tendencia pro taurina, en el sentido cultural, de la casa de los Austrias que gobernaron la Monarquía hispánica durante los siguientes dos siglos hasta la llegada de los Borbones.

Nuevos reyes, nuevas ideas

Tras la Guerra de Sucesión, en 1715 llegaba al trono hispánico una nueva dinastía real: los Borbones. Estos, como buenos franceses, querían implantar en sus nuevos dominios una mentalidad y unas costumbres diferentes a las tradicionales. La casa de los Borbones, al venir de una tradición ilustrada, aborrecía la fiesta de los toros. Las malas lenguas dicen que, tras asistir a su primera corrida de toros, el flamante rey Felipe V se fue a vomitar mientras lidiaban al toro. Lo que si es cierto es que fue él quien, ya en 1704, firmó la prohibición de las corridas de toros en los territorios de la Corona. Esta decisión fue aplaudida por los ilustrados españoles y explicaría, en parte, la aparición de afrancesados durante el conflicto dinástico. Sin embargo, esta prohibición sería derogada por el propio Felipe V en 1725. Podemos deducir que el motivo que lo llevó a echarse atrás fue para ganarse el favor del pueblo, todavía recelosos de tener un rey francés.

Tras la muerte de Felipe V, su hijo y sucesor, Fernando VI prohibiría de nuevo los festejos taurinos entre 1754 y 1759. A pesar de la prohibición, el rey aceptó que se celebraran corridas de toros con fines benéficos. Después de él, su hijo y su nieto serian los más restrictivos con la tauromaquia en los reinos. Carlos III, hijo de Fernando VI, influenciado por el Conde de Aranda, que era el Secretario de Estado, publicó una Real Orden en 1778 que prohibía concesiones a las fiestas de toros, pero viendo que se seguían celebrando corridas, en 1786, se publicó otra Real Orden que cesaba las licencias, exceptuando Madrid. Aun con esas, las fiestas taurinas seguían celebrándose y, Carlos IV, hijo de Carlos III, influenciado por su Secretario de Estado Manuel Godoy, prohibía las corridas de novillos y las festividades de toros de cuerda por las calles en 1790 y, en 1805, publicaba una Real Pragmática que prohibía en todo el reino, a excepción de la Corte, corridas de toros y novillos.

El siglo XIX: las últimas cruzadas antitaurinas

Y de esta manera llegamos al siglo XIX que empezó con el breve reinado de José I Bonaparte a raíz de la Guerra de Independencia española. Durante su breve reinado entre 1808 y 1813, este rey francés e ilustrado, favoreció la celebración de las corridas de toros hasta tal punto que en su proclamación como rey se llevaron a cabo dos corridas. Muchos estudiosos creen que esta fue una estrategia del hermano de Napoleón para ganarse el favor del pueblo español.

Por su parte, durante el conflicto, en las Cortes de Cádiz se trató el tema y se defendía la prohibición de 1805. Esta situación demuestra como la ciudad de Cádiz fue, durante todo ese siglo XIX, la capital del movimiento antitaurino. El ejemplo más claro lo encontramos en la celebración, en dicha población, de un concurso de trabajos contrarios a la fiesta del toro convocado por la Sociedad Protectora de los Animales de Cádiz en 1875. En el marco de este concurso, esta entidad elevó una instancia al rey Alfonso XII para que suspendiera las corridas de toros que se iban a celebrar en motivo de su matrimonio con María Cristina de Austria. Dos años después de esta solicitud, José María Quiñones de León, el IV Marqués de San Carlos, defendió una proposición de ley que buscaba la supresión de todas las festividades taurinas. La propuesta fue rechazada. Ocho años después, el marqués de San Carlos volvería a presentar su idea que, de nuevo, sería retirada. Lo más curioso de todas estas tentativas para acabar con los festejos taurinos es que se daban en el marco en que la Real Pragmática de 1805 jamás fue derogada y, simplemente, fue ignorada por la gente y por las instituciones.

Un siglo de institucionalización

El siglo XX, a diferencia del siglo anterior, representó el siglo del asentamiento de la fiesta taurina de manera definitiva. A pesar de unas prohibiciones en los años 1900, 1904 y 1908, los toros de lidia se asentaron y se regularizaron con leyes como la Real Orden de 1928. Por su parte, la Segunda República, hubo tentativas de acabar con estos festejos, pero se acabó solo regularizándolos más. Esta regularización de las festividades con toros continuaría con el Franquismo hasta nuestros días.

 

Carlos Llanas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *